Kluge: resistencia contra la inercia

En los sesenta crecieron dos de los grandes anti-ilusionistas del cine moderno, firmes en la apuesta por la interrupción y el cortocircuito: el sonido directo, la improvisación, citas, referencias pictóricas, literarias, collages. En el reino de la impureza reinaban Jean-Luc Godard y Alexander Kluge. Al primero se le ha visto y comentado mucho más que al segundo, aunque ambos sean de la misma especie en extinción. Ahora, gracias a Sherlock, pueden admirar la obra completa (para cine, junto a una importante muestra de su trabajo en los márgenes de la pequeña pantalla) de Kluge, intelectual integral (abogado, escritor, productor y teórico) que se encuentra en el origen del Nuevo Cine Alemán, la ola más radical, intelectual y, sin duda, política de las que convulsionaron el cine a mitad del siglo pasado.

Decir Kluge es decir Brecht y Adorno: cómplices que pesan en su búsqueda de una manera de implicar al espectador sin caer en la narcosis afectiva que sigue a la gramática del cine en serie; referentes en la persecución de una distancia obra-receptor que le revele al último la naturaleza representacional y política de los productos hechos en sociedad. Pero Kluge está lejos de la crítica negativa o sin salida sobre el cine y los medios de comunicación. Estamos aquí ante otro de los que pensaron y piensan que todavía queda mucho por aprovechar de la fuerza del cine, un arma que, para el alemán, siempre estuvo cargada de futuro y de capacidad transformadora. Kluge, moderno utópico, es consciente, de la misma forma que una de sus más inolvidables y nada inmutables heroínas (la Roswitha Bronski de Gelegenheitsarbeit einer Sklavin), de que la fuerza interior para cambiar las cosas existe, pues la ha visto en el cine (en el de Méliès, en el de Eisenstein o Dovjenko, en el de Lang). Kluge es un infatigable peón, y su quimera se llena de ironía y comedia con suma facilidad, desmintiendo la injusta fama de autor cerebral, sombra que palidece si se comprende su vocación de activador de la consciencia del espectador desde la proposición de un nuevo montaje de las imágenes del presente y del pasado. Como el niño de En rachâchant (que reunió a Straub/Huillet con Duras), Kluge es un hombre que no quiere aprender más, y su apuesta nos invita a repensar lo que ya creemos saber y damos por hecho. Así fue como, en su día, se convirtió en el cronista oficial del otoño alemán, mirando al ayer para explicar la furia de hoy.

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