David Lynch, el poeta de la deformidad

Tanto en la vida diaria como en el arte, existen seres humanos a los que les gusta nadar contra corriente. Y el mundo del cine no es la excepción a esta regla. En estos tiempos de superproducciones, hay una categoría que es poco a poco arrinconada, pero que se resiste a morir.

Es el cine de autor, que el director Jean-Luc Godard definió como “aquel que puede demostrar que hace una buena película”. En este concepto se ubica el director norteamericano David Lynch, un realizador que, parafraseando a Francis Ford Coppola, hace un cine tipo guerrilla. Cine que logra incomodar o gustar, pero que no deja nunca indiferente.

Pero ¿quién es David Lynch? Nació en Montana el 20 de enero de 1946, hijo de una familia clase media norteamericana. En su juventud realizó estudios de arte en la Pennsylvania Academy of Fine Arts.

Se inclinó por la pintura expresionista. Manifestó una gran atención por la obra del británico Francis Bacon, que se caracteriza por mostrar seres con deformaciones e imágenes de carácter subjetivo e imprecisas formas geométricas. En esta etapa de aprendizaje realizó algunas pinturas, mosaicos y figuras artesanales que tienen formas grotescas.

Desde pequeño, gustó de la literatura de Edgar Allan Poe y Franz Kafka, escritores que bucean en la irrealidad y el absurdo. Lynch es un autor que bebe de diversas fuentes artísticas, pero que se resiste a dejarse encasillar en cualquiera de ellas.

Creó un universo propio donde habitan seres perturbados, con deformidades físicas o mentales, matizado por una atmósfera impregnada de horror y degeneración.

En el plano cinematográfico, admira el cine de Stanley Kubrick, Ingmar Bergman, Federico Fellini y Werner Herzog y de manera tardía el de Luis Buñuel. De estos autores podemos encontrar pequeños guiños en los personajes de sus películas.

En 1966 realizó su primer cortometraje, Siete hombres enfermos. En esa cinta dio indicios de hacia dónde Lynch iba dirigir su arte: al estudio o disección de una sociedad enferma y desgarrada. Le siguió el corto La abuela, de inspiración surrealista, en el que un niño con semillas hace crecer a su abuela debajo de una cama.

Con este corto consiguió ganarse un premio del American Film Institute, lo que le sirvió como base para financiarse su primer largometraje. Este llegó en 1977, cuando realizó Eraserhead o Cabeza de borrador, llamado así por el extraño peinado del personaje principal, interpretado por John Nance.

El productor y director Mel Brooks le propuso producir su siguiente película, que se tituló El hombre elefante, en 1980, y que logró obtener 8 nominaciones a los premios Oscar, incluyendo al mejor director.

Un proyecto que marcó definitivamente su carrera y, sobre todo, la forma de narrar películas, fue Terciopelo azul (Blue Velvet), de 1986, en el que plasma todos los tópicos que caracterizarán en adelante el mundo de su obra. Es una historia que explora la parte más oscura del inconsciente humano, con personajes psicóticos, mujeres fatales, jóvenes virginales que son arrastrados por la curiosidad hasta las puertas del infierno y situaciones que bordean la realidad y la irrealidad. Todo bajo una aparente normalidad, que esconde algo horroroso.

The Straight Story (1999), interpretada por Richard Farnsworth, fue una obra de corte intimista, sobre la relación afectiva entre dos hermanos, que se aparta un poco de la línea subjetiva de sus anteriores cintas, detalle que no gustó a sus seguidores, pero que consiguió una nominación al Oscar al mejor actor.

Lynch llevó a la pantalla luego Mulholland Drive (2001), cinta alucinógena que, según palabras de su director, es una historia de amor en la ciudad de los sueños, es decir Hollywood. Es un romance típicamente lyncheano, pues la fábrica de sueños es el pretexto para reflexionar sobre las pesadillas, el lesbianismo, el crimen organizado y el cine dentro del cine. La cinta recibió el premio a la mejor dirección en Cannes y nominación al Oscar por mejor director.

Su último producto es Inland Empire, con muchos de sus actores fetiches, en el cual insiste en introducirse en el mundo del cine, con la presencia de una actriz al borde de la locura. Es una cinta con giros argumentales en forma de rompecabezas, acompañado de una atmósfera opresiva e inquietante y de imágenes oníricas.

Cuando la cinta fue presentada en el Festival de Venecia, los periodistas se mostraron extrañados por la obra. Dijeron que era confusa, a lo que Lynch contestó: “Para mí está clarísima, pero su interpretación es subjetiva. Háganle caso a su propio instinto. Es ese precisamente el aspecto fascinante del séptimo arte”.

Fuente: El Universo

No hay comentarios

Deje una respuesta.