Bela Lugosi es con toda seguridad una de las figuras más trágicas e icónicas de la historia del cine, entendido éste tanto en su totalidad como en su vertiente del género de terror. Lugosi se haya, sin dudas, entre las grandes figuras del género, codeándose con genios de la talla de Lon Chaney, Boris Karloff, Vincent Price, Peter Cushing y Christopher Lee. Pero tiene algo de lo que todos ellos carecen. La figura de Lugosi siempre ha estado envuelta en un halo de misterio y drama, gloria y decadencia, que lo configuran como una estrella única dentro del celuloide.
Lugosi fue un gran hombre, de inmenso talento, cuya vida estuvo plagada de desgracia, sinsabores, frustración y humillación. Saboreó las mieles del éxito, tocó el cielo con su genial e insuperable interpretación del vampiro más famoso, el Conde Drácula, pero todo fue efímero. Consiguió hacer sus sueños realidad, pero despertó de ellos demasiado pronto y la gloria se le escapó de entre los dedos. Como Ícaro, voló demasiado alto, y el sol derritió sus alas. La caída fue muy dura. Pero ahí es donde reside su mayor logro, ahí está lo que hace que además de un gran actor, fuera una gran persona: demostró una inigualable tenacidad para enfrentarse a la adversidad de su destino, nunca flaqueó, y siempre mantuvo sus esperanzas. Su fe en su trabajo nunca se debilitó, y ahora su legado está más vivo que nunca, pues Lugosi nos dejó un buen número de clásicos imprescindibles para todo cinéfilo que se precie, y entre ellos, su Drácula, con el que nos mostró al que muy posiblemente es el villano más carismático y elegante que haya alumbrado Hollywood jamás.
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