Bela Lugosi: Triunfo y Tragedia de un Mito

Bela Lugosi es con toda seguridad una de las figuras más trágicas e icónicas de la historia del cine, entendido éste tanto en su totalidad como en su vertiente del género de terror. Lugosi se haya, sin dudas, entre las grandes figuras del género, codeándose con genios de la talla de Lon Chaney, Boris Karloff, Vincent Price, Peter Cushing y Christopher Lee. Pero tiene algo de lo que todos ellos carecen. La figura de Lugosi siempre ha estado envuelta en un halo de misterio y drama, gloria y decadencia, que lo configuran como una estrella única dentro del celuloide.

Lugosi fue un gran hombre, de inmenso talento, cuya vida estuvo plagada de desgracia, sinsabores, frustración y humillación. Saboreó las mieles del éxito, tocó el cielo con su genial e insuperable interpretación del vampiro más famoso, el Conde Drácula, pero todo fue efímero. Consiguió hacer sus sueños realidad, pero despertó de ellos demasiado pronto y la gloria se le escapó de entre los dedos. Como Ícaro, voló demasiado alto, y el sol derritió sus alas. La caída fue muy dura. Pero ahí es donde reside su mayor logro, ahí está lo que hace que además de un gran actor, fuera una gran persona: demostró una inigualable tenacidad para enfrentarse a la adversidad de su destino, nunca flaqueó, y siempre mantuvo sus esperanzas. Su fe en su trabajo nunca se debilitó, y ahora su legado está más vivo que nunca, pues Lugosi nos dejó un buen número de clásicos imprescindibles para todo cinéfilo que se precie, y entre ellos, su Drácula, con el que nos mostró al que muy posiblemente es el villano más carismático y elegante que haya alumbrado Hollywood jamás.

Ahora, repasaremos la vida y la obra de este genio.

Bela Lugosi (1882 – 1956) nació el 20 de octubre de 1882 en Lugos, por aquel entonces, parte del Imperio Austro-Húngaro, y ahora conocido como Lugoj, en el Estado de Rumanía. De nombre real Béla Ferenc Dezso Blaskó, hijo de Paula de Vojnich y de István Blasko, católicos y familia numerosa (Bela tenía tres hermanos, de nombres Vilma, Laszlo y Lajos), la cual gozaba de buena posición social y económica (el padre era banquero). Pronto, el joven Lugosi empezó a demostrar afición por la interpretación.

Sin embargo, esta situación idílica acabó pronto, y Bela sufrió el primer golpe duro de la vida cuando su padre falleció teniendo él solo 12 años, y la economía familiar se desestabilizó tan rápidamente que el pequeño Lugosi tuvo incluso que trabajar como minero, en la mina de Resicabanya (hoy Resita) en muy duras condiciones. Pasar del cielo al infierno en tan poco tiempo parecía, irónicamente, una premonición de lo que luego sufriría en Hollywood. Cabe decir, en todo caso, que tal vez la vida de Bela antes de este hecho no fuera, en todo caso, tan idílica, pues en diversas entrevistas comentó sutilmente el haber recibido maltratos psicológicos por parte de su padre, persona dominante y absorbente.
Además de minero, Bela también desempeñó las profesiones de ferroviario, y de peón, levantando puentes, además de probablemente otras semejantes.

Tiempo después de la muerte de su padre, cuando la situación familiar se estabilizó, Bela comenzó a estudiar interpretación en la Academia de música y artes de Budapest. Había cursado sus estudios previos en el llamado Gymnasium estatal superior de Lugos, con buenas calificaciones.

Pronto comenzó su carrera teatral, con tal fuerza que a los 19 años ya era una estrella en su país. Por aquel entonces usaba el nombre artístico de Arisztid Olt (no imaginaba el peso que tendría el nombre “Bela Lugosi” en el futuro). En el teatro, encarnó toda clase de personajes, muchos de ellos provinentes de obras de Shakespeare, pero también indagó en géneros que luego Hollywood le vetaría, como la comedia. En cierta ocasión, llegó incluso a interpretar a Jesucristo. Fue Romeo, Hamlet y Macbeth, así como el conde Weonsky de “Ana Karenina”, por citar roles de protagonista. Con frecuencia interpretaba papeles de galán. En esta época, ya tenía fama de mujeriego, y tuvo múltiples conquistas. “Ligón” crónico, en todos sus posteriores matrimonios demostraría ser infiel por naturaleza. Sin embargo, y pese a ello, Bela era una persona muy seria y dedicada a su trabajo. Actuó en los mejores escenarios de su país, como el teatro de Szeged, el Magyar Szinh de Budapest y el Teatro Nacional Húngaro de Budapest, con una profesionalidad intachable.

Pese a su condición de estrella naciente, participó en la 1ª Guerra Mundial, como teniente del 43 regimiento de infantería en el ejército del Imperio Austrohúngaro (que fue el bando derrotado), distinguiéndose en un par de acciones, y recibiendo incluso una herida en la pierna que nunca llegó a sanar. Tras el derrumbamiento del Imperio, Bela siguió participando en política, e incluso fundó un sindicato de actores.

En 1917 se casó con Ilona Szmik, de quién se divorciaría en 1920 (por motivos ya indicados). Sería el primero de sus 5 matrimonios. Su vida sentimental fue tan turbulenta como la profesional. Pero entonces, 1917 le resultó un año dulce. En dicho año, protagonizó su primera película: “Az ezredes” (“El coronel”). Entre 1917 y 1918, protagonizó otras veinte más, como “Droschke 99”, “Az Élet királya” (el retrato de Dorian Gray, en versión de 1918), "Nagymama naplójából” / “Lili”, “Álarcosbál”, “Lulu”, “Tavaszi vihar”, “Casanova” “Küzdelem a létért”, “A Régiséggyüjtö”, “Leoni Leo” y “Nászdal”, entre otras, y aunque la mayor parte de las cuales están perdidas, otras se conservan como tesoros en la filmoteca de su país.
Pero, nuevamente, su tranquilidad fue efímera: las crisis políticas de su país le obligaron a emigrar, primero a Alemania y luego a los Estados Unidos.

En Alemania interpretó diversos títulos comerciales y de calidad, principalmente adaptaciones de novelas de Karl May, como “Auf den Trümmern des Paradieses” y “Die Todeskarawane”, siendo su pareja habitual la actriz judía Dora Gerson. Alcanzó prestigio crítico y social, y tuvo la ocasión de trabajar con grandes directores como Michael Curtiz (futuro director de “Casablanca”, y por aquel entonces acreditado como Kertesz) y Murnau (irónicamente, realizador de “Nosferatu”) que le brindó la ocasión de aparecer en su primera gran película de terror, “Des Januskopft”, de 1920, adaptación / plagio de la clásica historia de Jekyll y Hyde (como “Nosferatu” con Drácula), siendo aquí conocido el personaje como Dr. Warren (el título alude a Jano, el dios romano de las dos caras). Bela encarnó en la cinta al mayordomo de Jekyll, y su personaje, al igual que en la mejor versión del relato, la protagonizada por el oscarizado Fredric March en 1931, “El hombre y el monstruo”, tiene un papel importante pero no crucial en el relato. Por lo demás, también co-protagonizó una de las primeras versiones de “El último mohicano”, en esta etapa de su carrera.

La situación en la Alemania de los albores del nazismo no era agradable, lo que motivó su partida casi furtiva a los EEUU en octubre de 1920, pese a no desenvolverse con soltura en el inglés. Otros, como Fritz Lang o los citados Curtiz y Murnau, acabarían siguiendo sus pasos.

Con sus recursos muy limitados, pero ya en América, Bela no pudo legalizar su entrada en el país hasta marzo de 1921. Según los registros, medía 1.85 m y pesaba 82 kilos.
Ese mismo año conoció a Ilona Von Montag, pero también se divorciaría de ella al poco tiempo, en 1924. Los motivos, los habituales….

Fue en esta etapa de emigrante cuando empezó a utilizar de forma definitiva el nombre de Bela Lugosi (que vendría a significar “Bela de Lugos”), que utilizó ocasionalmente en Europa (como en la película “99”; de 1918).

Bela, empobrecido, se encontró con que su estatus de estrella en Hungría y Alemania no le servía de nada en América, lastrado por su marcado acento húngaro (un problema que Peter Lorre, compatriota suyo, no tenía), del que no se desprendería nunca. Pero, orgulloso, pretendió obtener en América aquello que ya consiguió en su tierra: el estrellato.

Tras deambular por el país en representaciones ocasionales, y desempeñando diversos oficios no teatrales, participó en una obra de teatro en 1922 (“The red poppy”) y consiguió debutar en Hollywood con la película "The silent comand", con un brevísimo papel. Apareció en diversas producciones mudas de la época, destacando entre todas ellas con luz propia “He who gets slapped” en la cual compartía cartel con el genial Lon Chaney (“El fantasma de la ópera”, “El jorobado de Notredame”), la gran leyenda del cine de terror mudo. El papel de Lugosi era en ésta, como en todas las otras, muy pequeño. Hoy en día resulta casi imposible encontrarle en dicha película si no se sabe previamente quien es, pues no llega a tener ni siquiera diálogo. Otra película destacable sería “Black camel”, casi contemporánea de Drácula, donde interpretaba el papel de jeque.

Lentamente, su condición de extranjero le iba encaminando a interpretar papeles de villano y le encasillaba. Tenía un contrato fijo (aunque no exclusivo) con la Metro Goldwyn Mayer, pero ésta le asignaba papeles de escaso interés. El estrellato quedaba lejos y la Metro no le valoraba (irónicamente, en un reciente documental conmemorativo del aniversario de la Metro, ésta se vanagloria de haber “descubierto” a Bela Lugosi…).

Sin embargo, pudo aproximarse al mundo del cine y llegó incluso a contraer matrimonio con la millonaria Beatrice Woodruf Week, que duró escaso tiempo, debido a una aventura de Bela con la estrella del cine mudo Clara Bow. El matrimonio duró, pues, menos de un año.

Bela tuvo más suerte en el teatro: se presentó a las pruebas para la nueva obra de Hamilton Deane y John L. Balderston. El título: Drácula. El éxito: inmediato, tanto de crítica como de público. Lugosi era el villano, pero al fin, también la estrella. Tan arrollador fue el impacto de la obra, que Carl Laemmle Jr. pensó que su compañía, la Universal, podría adaptarla al cine en 1930. Pero Lugosi no fue considerado para el papel, que debía ser interpretado por Lon Chaney, el cual ya dio vida a un vampiro en “London after midnight” (si no consideramos el giro argumental final del relato). Su trágica enfermedad y consiguiente muerte, de cáncer, así como la renuncia de otro gran actor, Conrad Veidt (“El gabinete del doctor Caligari”, “Casablanca”), posibilitaron que Lugosi tuviera opciones. Pero ni aún así fue fácil. Pese a su éxito previo teatral en el rol del Conde, Universal no le quería.

Lugosi se esforzó mucho para lograr el papel. Inició una larga y duradera correspondencia con la viuda Stoker para que cediera los derechos al cine de la novela Drácula (recordemos el escándalo habido por el plagio de la genial “Nosferatu”, que no pagó por los derechos de la obra). Lugosi, con su labia, convenció a la viuda para que vendiera los derechos de la obra, y no solo eso, sino que incluso por un precio muy bajo. Siempre se ha rumoreado, un tanto maliciosamente, que el carismático Bela consiguió seducir a la viuda Stoker por carta. Otras versiones indican que llegó a conocerla en persona. No sería extraño todo lo anterior, ya que de las pretensiones originales de Florence Stoker (200.000 dólares) a la cantidad finalmente estipulada (40.000) hay un gran trecho.

Exhibiendo estos logros, así como su éxito en el teatro, y aceptando cobrar un salario muy bajo (el insufrible David Manners, que encarna en la película a Jonathan Harker, cobró mucho más que él, en concreto, frente a los 3500 de Bela, posiblemente hasta 4 veces más), Lugosi consiguió el papel. El mito había nacido.

El director Tod Browning (responsable de obras maestras como “Freaks” / “La parada de los monstruos), maestro de lo oscuro, lo macabro y lo trágico en el cine (a día de hoy su equivalente sería el no menos magnífico Tim Burton) dirigió la película, que bebía más de la obra de teatro que de la novela. Hubo limitaciones presupuestarias, desconfianza por parte de Universal (que dudaba del potencial de la cinta), e incluso Tod Browning parecía tan incómodo por no poder trabajar con Lon Chaney, como con el cine sonoro, que era aún una novedad entonces. También la censura puso trabas, dañando el guión y limitando bastante algunos aspectos de la cinta, a diferencia de lo ocurrido con la antes citada “El hombre y el monstruo”, también excelente película de terror del mismo año, pero posterior, que mostraba escenas de violencia y sexo más explícitas de lo que se podía esperar por aquel entonces (y tal vez por ello estuvo retirada del mercado 30 años y dada por perdida hasta los años 70).

Volviendo a nuestro “Drácula”, la película superó todos los problemas y se convirtió en una obra maestra, pionera del género de terror y título referencial de éste. Se estrenó el 12 de febrero de 1931 en el Teatro Roxy de Los Ángeles, con éxito inmediato.

La película resultó enormemente impactante: la atmósfera macabra que creó Karl Freund (director de fotografía), así como el extraño ritmo de la cinta, casi onírico, debido al modo en que fue adaptada la obra de teatro y al montaje, fueron el perfecto marco para la poderosa interpretación de Bela Lugosi como el malvado conde vampiro, frío, cruel, desalmado, elegante, carismático, sutil, manipulador, culto, aristocrático y muy inteligente. Era un villano como el público jamás había conocido. Si todos los villanos con protagonismo del cine mudo eran en general grotescos y deformes (como los magníficos personajes de Lon Chaney o las brutales encarnaciones de Mister Hyde), con la salvedad de los de Theda Bara, Drácula era todo lo contrario: fascinante, carismático, “glamuroso”, distinguido e incluso atractivo para las mujeres (se cuenta que muchas se desmayaban en el cine o en las obras de teatro de Lugosi, y no precisamente de terror…), como un nuevo Rodolfo Valentino. Este Drácula contiene elementos de sátira social, al ser un hipócrita, un monstruo que se oculta tras su fachada socialmente respetable para perpetrar sus acciones. Va a la ópera, se mueve en los círculos sociales más sofisticados, haciendo gala de su educación y su buen gusto, e incluso visita a sus víctimas, regodeándose en su impunidad. Se trata de un perfecto antecedente para villanos mucho más modernos (y no vampíricos) como Hannibal Lecter, Catherine Tramell, Hans Gruber o incluso la mitad de la galería de enemigos de James Bond. Así pues y en cierto modo, este Drácula es más cercano a los modernos psicópatas que a la repugnante y odiosa encarnación del mal que magistralmente describió Bram Stoker, y que era siempre instintivamente rechazado por sus semejantes, a los que repugnaba.

El crítico José María Latorre define bien al Drácula de Lugosi como “un personaje a medio camino entre el aristócrata vicioso y decadente y el galán maduro y distinguido cuya aura misteriosa le hace destacar en una sociedad donde la cortesía y las buenas maneras son la fachada de la represión”. José Manuel Serrano Cueto, en su libro sobre el tema, lo define como “un seductor, un encantador de serpientes […] más peligroso que Orlok [Nosferatu] porque la maldad que en Orlok se aprecia a simple vista, en el Drácula Lugosiano está disfrazada de cortesía, de buenos modos, de correcta apariencia. Con su buen trato se gana la confianza de todos los que lo rodean. […] Un Drácula diferente a todos.”. También otros, como el muy prestigioso en EEUU, Leonard Maltin, han analizado y elogiado efusivamente este gran trabajo, por el cual el tiempo no pasa, definiéndolo como carismático y diabólico. Ronald V. Borst afirmó que el arranque de la cinta constituía los que eran probablemente “los mejores primeros 15 minutos de la historia del cine de terror”, y define a Lugosi como “legendario”. El mítico novelista Ray Bradbury afirmó en un artículo, recogido por el crítico anterior, que esta película era una obra de “perfecto terror” y que era uno de los mejores recuerdos de su infancia. También dedicó elogios a su protagonista y a Dwight Frye, que interpreta genialmente a Renfield, el demente, en la misma. Y así, se podrían contar por miles las alabanzas recibidas por el Drácula lugosiano. Y es que este Drácula, sin ni siquiera enseñar los colmillos, creó una atmósfera de terror que otras versiones no pueden igualar ni con sangre a borbotones.

El taquillazo de Drácula fue enorme, incluso pese a la proximidad del crack del 29, y las buenas críticas afloraron por doquier, aunque no con unanimidad, dado el carácter polémico de la cinta. Lugosi fue aclamado. Y aunque bien mereció un Oscar, no recibió ni siquiera una nominación. Lo que sí obtuvo fue un contrato con la Universal, así como la nacionalidad americana en junio de 1931.

Bela se convirtió en la estrella más famosa de ese año. Recibió más cartas de fans que el mismísimo Clark Gable. El público le adoraba. Le llovían las ofertas de papeles. Su caché se multiplicaba…. Y entonces empezó a planear la sombra del fracaso sobre él. Nuevamente, la gloria le sería denegada al poco de empezar a saborearla.

Lugosi cometió un error fatal: la vanidad le impidió aceptar el papel del monstruo de Frankenstein (aún hoy pueden verse fotos de sus pruebas de cámara para el personaje, en las que exhibe un maquillaje semejante al del Golem) puesto que no lo consideraba interesante “al carecer de diálogo”. Debemos recordar que una de las mejores armas de Lugosi era su voz, pues su especial acento había conferido de un carácter único al personaje de Drácula. Su pronunciación y su ritmo lento, casi arrastrando las sílabas fueron la rúbrica de una interpretación genial. Su intensa mirada, otro de sus puntos fuertes, también quedaría empobrecida por un personaje que implicaba párpados caídos. O al menos, así lo veía él. Mudo y grotesco, para Lugosi el monstruo de Frankenstein era un personaje al que consideraba humillante interpretar. Nuevamente el destino se burlaría de él unos cuantos años después, pues se vio obligado a encarnarlo, no para defender su estrellato, sino meramente para sobrevivir económicamente.

Sin Lugosi, Universal buscó a un nuevo actor para la criatura y encontraron a uno conocido como…. Boris Karloff. El reinado de Lugosi duraría solamente desde el estreno de Drácula hasta el de Frankenstein.

Si Drácula era la encarnación pura de la más exquisita maldad, Frankenstein, en cambio, era trágico, un monstruo que al mismo tiempo era una víctima. Un ser que, en vez de fascinar al público (como Drácula), hacía que el espectador se identificara con él. Esta interpretación se asemejaba más al trabajo de Lon Chaney, que gozaba de gran éxito popular.
Siguiendo esta vertiente continuista con Chaney, y aprovechando el inesperado triunfo de Karloff, Lugosi fue progresivamente rechazado. Había interpretado a un personaje que era demasiado moderno para su época. Además, Universal prefería tratar con Karloff que con Lugosi, pues Bela tenía mucho carácter (y algo de mal genio) y siempre que podía, discutía el enfoque artístico y técnico del proyecto.

Otro punto a favor de Karloff consistía en que era británico, mucho más americano ante el público que el húngaro Lugosi. La latente xenofobia del espectador le hizo mucho daño. Lugosi ni siquiera podía ocultar su acento. Y con el tiempo, Karloff pasó de ocupar el registro propio de Chaney (villanos trágicos como su magistral encarnación de “La momia”) a apropiarse también de los del propio Lugosi (como prueba de ello, su excelente interpretación en “Satanás” de un arquitecto psicópata y sádico).

Pero el declive de Lugosi no fue inmediato. Participó en la primera versión de “La isla del doctor Moreau” ("La isla de las almas perdidas" (1932) de Erle C. Kenton), con Charles Laughton, e interpretó a una de las aberraciones mutantes del doctor, demostrando que también podía encarnar personajes deformes. También encarnó al psicópata de "El doble asesinato de la calle Morgue" (1932) de Robert Florey, adaptación libre de la obra de Poe, con muchos elementos del doctor Caligari. Hay dos anécdotas reseñables de la película, una simpática, y la otra odiosa. La simpática radica en que tuvo que repetir muchas veces la escena del discurso inicial, porque un censor consideraba su interpretación “demasiado sexy” (literal, como señala Juan Manuel Serrano Cueto en su libro sobre Lugosi y el terror de Universal). Resulta gracioso ver lo pueril de los censores de la época, considerando el grotesco maquillaje con entrecejo de Lugosi en la película.

La anécdota desagradable tiene que ver con Sidney Fox, la actriz co-protagonista de la película. Resulta que era la amante del productor, y ello motivó que apareciera acreditada la primera, antes que Lugosi, pese a su menor presencia en escena, y su interpretación inferior (Sidney Fox no era precisamente Marlene Dietrich). Esa fue la primera humillación que recibió Lugosi de Universal, que le hizo iniciar una violenta discusión con el productor, que acabó apartando a Bela de la compañía una temporada.

Resentido, Bela empezó a frecuentar el cine independiente (en esto también fue un pionero) y además, en 1933, contrajo matrimonio por tercera vez, con Lillian Arch, su esposa hasta 1953 y su relación más estable. Una parte de su vida comenzaba a equilibrarse, al menos. Con ella tuvo a su único hijo, Bela G. Lugosi.

En el cine independiente protagonizó la mítica “La legión de los hombres sin alma” (“White Zombie”), donde encarnó a un personaje muy “a lo Drácula”, el despiadado y carismático nigromante Murder Legendre, que cimenta su reinado de terror con la ayuda de su ejército de zombis. Es la primera película de zombis de la historia del cine, y otro punto más donde Lugosi resulta pionero. Resulta también uno de los grandes papeles del actor hungaro. La película tuvo una pseudo-secuela (“Revolt of the zombies”, donde Lugosi tuvo solo un breve cameo, fruto de reciclar escenas, y que fracasó estrepitosamente).

En cambio, para los grandes estudios, Bela protagonizó un remake de “London after midnight”, la magnífica película muda de Lon Chaney, hoy perdida, llamada “The mark of the vampire”, que resultó innecesariamente cómica y poco satisfactoria. Lugosi aparecía más en el trailer que en la propia película. Ray Bradbury califica directamente a la cinta como “un timo”. Otros críticos, como Juan Andrés Pedrero Santos, afirman que es una maravilla… En todo caso, la caracterización de vampiro de Lugosi (que diseñó su propio vestuario) fue lo mejor de la cinta.

También protagonizó seriales cinematográficos como el de Chandu y el del Doctor Dorkas, ambos refundidos en películas, que serían respectivamente las curiosas, pero prescindibles “Chandu in the magic island” y “El acecho del fantasma”. De Chandu el mago debe decirse que fue el personaje que inspiró a Stan Lee para crear al Doctor Extraño (Doctor Strange), héroe de cómic.

Bela ansiaba, sin embargo, interpretar papeles “normales”, de héroe o de galán, no siempre de monstruo, y se sentía frustrado por no lograrlo. Movió hilos para ello, pero fracasó de nuevo. Apareció en la comedia “Ninotchka" (1939), de Ernst Lubitsch, pero en vez de dar vida al protagonista, como quería, se tuvo que conformar con un pequeño papel de villano soviético. Dicha película habría sido perfecta para dar un giro a la carrera de Lugosi, pues hablando en ella también la estrella, Greta Garbo, con un marcado acento, la traba habitual de Lugosi en el cine para el público de la época, habría quedado menguada, y Bela habría exhibido sus dotes cómicas y su talento de actor completo. No pudo ser. El premio de consolación fue que al menos, en la segunda temporada de “Chandu”, Lugosi interpretó al héroe, Chandu, en vez de al villano, el megalómano Roxon, como en la primera.

Mientras tanto, Universal decidió emparejar a Lugosi y Karloff en una serie de películas de terror. Karloff (no lo olvidemos, también un gran actor) cobraba el doble que Lugosi, su nombre aparecía el doble de grande en los créditos y su personaje tenía más peso en la película. Lugosi se conformaba con, simplemente, actuar mucho mejor….

"Satanás" (1934) de Edgar G. Ulmer, fue el primero de sus encuentros (ignoraremos “El don de la labia” y “El castillo de los misterios”, al ser comedias en las que hacen meros cameos alargados).

En “Satanás” (“The Black cat”) en referencia a Poe, Lugosi tiene la posibilidad de encarnar a un héroe, aunque de rasgos siniestros, Vitus Verdegast, que pretende vengar a su esposa y su hija fallecidas a manos del sádico y retorcido Poelzieg (Karloff). La escena final en la que Lugosi despelleja salvajemente a Karloff tras una pelea brutal, para así hacerle entender el dolor que ha causado a miles de víctimas inocentes, así como otra escena previa en la que Lugosi y Karloff se juegan la vida de una mujer en una partida de ajedrez (si Karloff gana, la mata, si gana Lugosi, se le permite escapar) son escenas muy poderosas, que configuran a la cinta como una de las mejores de ambos genios.

"El cuervo" (1935) de Louis Friedlander, inmediatamente posterior y estilísticamente casi una secuela de la anterior, motivada por su éxito, muestra a Lugosi y Karloff volviendo a sus roles de siempre. Si el elegante Drácula de Lugosi ya resulta una influencia para Hannibal Lecter (Stephen King afirma en su publicidad del libro “Hannibal” que “Hannibal Lecter es el Drácula de la era de los ordenadores”), el personaje de Bela aquí, en “El cuervo”, el Doctor Richard Vollin, es más todavía, si cabe, un antecedente directo del Doctor Lecter, al ser un doctor en medicina y psicópata, con los atributos habituales de Lugosi (elegancia, inteligencia, refinada crueldad, etc…) y una curiosa sensibilidad literaria y personal. Una nueva interpretación genial.

Siguieron la serie dos títulos (“El poder invisible”, de 1936 y la muy posterior “Viernes negro”, de 1940) en los que el personaje de Lugosi menguaba todavía más frente a Karloff. En “Viernes negro” está totalmente desperdiciado. Da vida a un gangster, pero sus líneas son tan escasas como patéticas (su personaje es simple, cobarde y mezquino) y su muerte (asfixiado en un armario) totalmente ridícula. Bela seguía completamente encasillado, pese a haber interpretado a héroes en “Satanás” y “El poder invisible” (donde da vida a un bondadoso científico). Si salía del registro de villano era solo para convertirse en villano secundario y víctima potencial.

En todo caso, ambos títulos, “El poder invisible” y “Viernes negro”, resultan interesantes, más el primero que el segundo. Debe decirse, a título de anécdota, que “Viernes negro” estuvo a punto de llamarse “Viernes 13” (si vemos los créditos, apreciamos que incluso aparece el dibujo de una hoja de calendario marcando esa fecha). Obviamente, no trata de las andanzas de Pamela y Jason Vorhees, sino de una venganza entre mafiosos, con trasfondo sobrenatural.

“El poder invisible” tiene un guión muy bueno, aunque al servicio de Karloff, con una base psicológica muy trabajada. Karloff interpreta a un científico taciturno e introvertido, que adquiere el poder de destruir todo lo orgánico que toca. Lugosi (en el papel más positivo, a nivel moral, de toda su carrera) es su amigo, un médico filantrópico que pretende ayudarle. Pero la mente de Karloff empieza a retorcerse y comienza a sufrir delirios paranoides y megalómanos. El final degenera en una carnicería y es la propia madre de Karloff la que acabará matándolo. Una cinta muy recomendable para ver a Bela en un registro diferente al que nos tiene acostumbrados, y nueva muestra de su versatilidad.

Sobre “Viernes negro”, debe decirse que fue un descomunal fracaso en taquilla, lo que hizo que Lugosi y Karloff interrumpieran su serie de colaboraciones.

Paralelamente, las películas independientes en las que participaba Bela eran cada vez más mediocres, pero al menos en ellas él aún era el protagonista. Eran técnicamente pobres, pero algunas tenían buenos argumentos. Participó en muchas de la clausurada Monogram, así como en las de otras efímeras compañías, que no conoceríamos de no haber tenido la fortuna de haber contado con Lugosi como protagonista. Llega incluso a viajar a Inglaterra en 1935 para filmar “The Phantom Ship”, la primera película de terror de una incipiente compañía británica. Su nombre: Hammer Films, la mítica compañía que décadas después revitalizaría personajes como Frankenstein y Drácula, y convertiría en estrellas a Peter Cushing y Christopher Lee. Bela les marcó el camino. En esta película, Lugosi interpreta a un marinero psicópata que diezma a la tripulación de un barco, el Mary Celeste. Se infiltra entre ellos haciéndoles creer que es un anciano manco y decrépito. Finalmente, los mata a todos y se alza triunfante como capitán del barco. A continuación, probablemente escapa, o bien, se suicida, tras haber vencido (como en la novela de Agatha Christie “Diez negritos), resulta ambiguo de decir cual de las dos cosas ocurre. Lo que está claro es que es una película realmente atípica, seguramente la primera jamás filmada en la que el asesino resulta triunfante. Toda una rareza muy difícil de encontrar hoy día, pero que vale la pena.

Lugosi fue arruinándose progresivamente. Aunque trabajó en el teatro (en Broadway y en giras por América), recuperando a Drácula, su situación financiera era muy delicada. Tanto que tuvo incluso que pedir prestado dinero para pagar la factura del hospital cuando su hijo nació en 1938.

Revitalizó parcialmente su carrera al interpretar al pérfido y deforme Ygor en 1939, en “El hijo de Frankenstein”, con Basil Rathbone (en un papel que rechazó Claude Rains) y Boris Karloff (en su última y peor encarnación de su magnífico e irrepetible monstruo). Tan bien lo hizo Lugosi que algunos críticos (no quien esto escribe) piensan que su papel de Ygor fue mejor que el de Drácula.

Pero como siempre, las cosas solo mejoraron un poco para empeorar muco más. Como hemos dicho, el batacazo de “Viernes negro” en 1940, le dañó mucho. Por lo menos, recuperó a Ygor en la mediocre “El fantasma de Frankenstein”, siendo nuevamente lo mejor de la película su interpretación.

Siguió protagonizando películas de serie B en compañías paupérrimas, aunque también hubo en ellas algunos buenos títulos como “Los ojos misteriosos de Londres” y “El fantasma invisible”. La primera se basa en un relato de Edgar Wallace, y trata sobre un despiadado timador, que extiende pólizas de seguros a nombre de ciegos (víctimas indefensas), para luego asesinarlas y cobrar la prima. Pese al nombre español (“Los ojos misteriosos…”), resulta mas adecuado el título original, “The human monster”, pues, aunque en ella, Orloff (Lugosi), tiene a su servicio a un ser deforme, el verdadero monstruo es él. Resulta uno de los personajes más malvados del actor, y su muerte, ahogado en cemento y barro, es antológica.

En cambio, “El fantasma invisible”, relata la historia de un viudo atormentado por su amor perdido, que padece un brote esquizoide y se convierte en un asesino en serie. Resulta una película muy recomendable.

Pese a triunfos artísticos como estos, Universal solo le llamaba para papeles ridículos en películas como “El gorila”. No había más suerte con las otras grandes productoras. Aunque encarnó el papel de villano en la cuarta película de “El Santo”, con George Sanders (quien hacía el personaje de Simon Templar que luego interpretarían Roger Moore y Val Kilmer), era un papel muy por debajo de sus posibilidades. De hecho, el gangster al que daba vida Lugosi, se pasaba media película durmiendo (literalmente). Sin embargo, pese a decepciones como éstas, Bela nunca dejó de tomar en serio su trabajo, ni arrinconó su profesionalidad. La interpretación era su vida y se sentía orgulloso de sus logros. Aparecía en 4 o 5 películas por año, cintas que a día de hoy son rarezas buscadas por cinéfilos y mitómanos, con estatus de películas de culto, habiendo algunas especialmente interesantes como “Dragones negros” (película de espías, en la que da vida a un antihéroe que lleva a cabo una sangrienta venganza contra unos agentes japoneses, y en la que incluso interpreta dos escenas de acción) o “The corpse vanishes” (cinta truculenta y con elementos necrofílicos y de amor maldito/imposible), filmes que sin ser excelentes, resultan interesantes, y que de haber tenido mejor director y guionista, serían grandes clásicos. El público, en todo caso, no le olvidaba en aquellos años (ni ahora).

Pero la desgracia le golpeó de nuevo. Las heridas sufridas durante la guerra se habían convertido en un mal crónico para él, y tras probar remedios naturales sin mitigar su dolor, el médico le recetó opiáceos. Lentamente, y sin pretenderlo, se convirtió en un drogadicto.

Gastó su último cartucho al ofrecerle a Universal protagonizar su nuevo proyecto, “El hombre lobo” (1941). Fue rechazado y el papel otorgado a Lon Chaney junior, pero a Bela se le permitió encarnar, a modo de homenaje, el papel del gitano Bela, el otro hombre lobo de la cinta. Completó el reparto el excelente Claude Rains (en el mismo personaje de Anthony Hopkins en el remake de 2009). A día de hoy, revisando este gran clásico, podemos afirmar que Rains y Lugosi superan interpretativamente al protagonista, pese a tener éste el papel más interesante, y a ser su interpretación muy buena, a pesar de su carencia de experiencia.

Paralelamente, Universal había arruinado la franquicia de Drácula con mediocres continuaciones como “La hija de Drácula”, o peor aún, “El hijo de Drácula”. Ésta es muy pobre técnicamente, en parte por culpa de la interpretación de Lon Chaney Jr, que carecía del carisma tanto de su padre biológico (Lon Chaney) como de su padre argumental (Drácula/Lugosi). Cuando el actor intenta ser terrorífico, solo consigue que parezca sufrir dolor de estómago. Conscientes de sus limitaciones, los dirigentes de Universal hicieron que el verdadero villano de la historia fuera una femme fatale que manipula al hijo de Drácula (de nombre, por cierto, Alucard). En defensa de Lon Chaney junior cabe decir que en papeles como el del trágico hombre lobo Larry Talbot, al que encarnó en la franquicia que se abrió, se defendía mucho mejor.

En cambio, en “La zíngara y los monstruos” y “La mansión de Drácula”, el Drácula interpretado muy correctamente por John Carradine, y con porte aristocrático, no era más que un pelele atrapado en un guión confuso y autoparódico que hacía un cóctel de monstruos de la Universal.

En 1943, Lugosi, casi en bancarrota y muy enfermo, finalmente se doblegó y aceptó interpretar a la criatura de Frankenstein en “Frankenstein y el hombre lobo”. El resultado es desastroso. Lugosi interpreta en la película al monstruo como quedó en “El fantasma de Frankenstein”, o sea, ciego y con el cerebro de Ygor en su cráneo. Luego, el montaje final eliminó su ceguera y sus diálogos, dando como resultado un monstruo ridículo y torpe (sin saber que estaba ciego, lo que parecía era que estaba toda la película borracho) que le acarreó la burla del público y la crítica. Lugosi se sintió personalmente humillado, pues la modificación se hizo sin su consentimiento e incluso sin aviso.

Su vida y su obra siguieron una espiral descendiente. Protagonizó películas como “El retorno del vampiro”, revisión de Columbia sobre el vampirismo, y secuela inconfesa de Drácula, donde Lugosi da vida al Conde Tesla, que reside en el Londres asediado por las bombas V-2, y que resulta técnicamente superior a “Drácula”, pero argumentalmente inferior, siendo su mayor acierto las notas de romanticismo y tragedia que incorpora; o bien “One body too many”, una comedia negra que sube enteros cada vez que él aparece, en su caracterización de mayordomo “quemado” por su trabajo y que pretende envenenar a todo aquel al que encuentre, aunque las circunstancias provocan que nadie pueda llegar a beberse los brebajes que él ofrece disfrazados de martinis. Pese a que el guión de la película es muy flojo, y tiene una mezcla mala de comedia y terror que recuerda a los remakes de “The bat” y “The cat and the canary”, lo cierto es que las escenas de Lugosi son muy buenas, al igual que ocurría en la muy mediocre “La casa encantada” (“Ghosts on the loose”) en la que solo se salvan las interpretaciones de Bela y Ava Gardner.

En 1945, RKO volvió a reunir a Lugosi y Karloff para la tardía “El ladrón de cadáveres”, donde el personaje de Lugosi sufrió múltiples recortes, hasta el punto de que apenas aparece en la cinta, y su única escena memorable es la de su muerte. En todo caso, debe decirse que la publicidad de la época mencionaba a Lugosi como si su peso en la cinta fuera mucho mayor. Debe elogiarse el excelente papel de Karloff en la película, que se inspira en un hecho verídico, las andanzas de los ladrones de cadáveres Burke y Hare.

En “Scared to death” (1947), Lugosi aparece en su primera y única película en color. Es casi lo único reseñable, además de que la banda sonora recuerda un poco a la composición de Ennio Morricone para “La cosa” de John Carpenter. Por lo demás, el guión es de los peores que Lugosi interpretó nunca.

En “Abbot y Costello contra los fantasmas” (“Abbott and Costello meet Frankenstein”) (1948), Bela, visiblemente muy envejecido, interpreta por segunda vez al conde Drácula, ahora para ser blanco de las burlas de los payasos Abbott y Costello. La película era una parodia, como casi todo lo que haría a continuación Bela. Y, en cierto modo, graciosa (aunque muy tonta), de no ser por el hecho de que Bela casi parece que se vaya a echar a llorar en cada secuencia. Está deshecho y su tiempo de gloria hace mucho que expiró.

Y a los otros genios del terror de la época (Karloff, Peter Lorre, Conrad Veidt, John Carradine y Claude Rains) las cosas no les van mejor. Sus continuos fracasos en taquilla amenazan entonces la mismísima continuidad del género de terror, que va entrando en decadencia a favor de la ciencia ficción de viajes espaciales, extraterrestres y monstruos gigantes. Claude Rains, Peter Lorre y Conrad Veidt cambian exitosamente de género. Claude Rains (inolvidable como “El hombre invisible”) consigue incluso trabajar con Hitchcock y llega a atesorar cinco nominaciones a los Oscar de la Academia. Bela no tiene tanta suerte. Se dedica al teatro y solo vuelve al cine para protagonizar engendros como “Mother Riley Meets the Vampire” o “Bela Lugosi Meets a Brooklyn Gorilla”, que son presuntas comedias y auténticas tonterías.

Lugosi se divorció de nuevo en 1953. Se quedó solo y enfermo. Su situación personal era extrema. Ni siquiera trabajaba, estaba siendo olvidado. El Bela Lugosi de esta época suele ser descrito como solitario y muy excéntrico, durmiendo en un ataúd, viajando en un coche fúnebre, obsesionado con sus glorias pasadas, y enloquecido por su mejor papel, casi como si Bela fuera un personaje escapado de “El crepúsculo de los dioses”. Es una visión un tanto exagerada. Aunque Lugosi fuera excéntrico, mantuvo los pies en el suelo. Además, seguía en contacto con la realidad social. Incluso llegó a filmar benéficamente unos vídeos, en los que daba clases de matemáticas a los niños (que se pueden encontrar en Youtube). Pero lo cierto es que se encontraba en su peor momento, personal y profesional, muy decadente. Y entonces, Edward D. Wood, Jr (Ed Wood) llamó a su puerta.

Ed Wood era un ferviente fan de Lugosi. Adoraba su trabajo y estaba decidido a devolverlo a la cumbre. El problema es que Ed Wood también es el llamado hoy “peor director de todos los tiempos”. Sin embargo, este hombre tan despreciado por algunos hizo lo que muchos no lograron previamente: respetó a Lugosi. Le ofreció el papel de narrador en “Glen o Glenda” (un esperpento de película), pero principalmente, le dio el papel protagonista de “Bride of the monster”. Bela estaba contento de volver a trabajar. Y tenía un nuevo amigo. Ed Wood perpetró en “Bride of the monster” una cinta de terror muy pobre técnicamente, pero que tiene un grandísimo momento, una escena magnífica y muy conmovedora, un monólogo casi autobiográfico en el que el personaje de Lugosi (y el propio Lugosi) reflexiona sobre su situación (solo, exiliado, olvidado, humillado), demacrado y casi llorando, para al final encontrar fuerzas para seguir adelante. Un momento realmente conmovedor y que bien vale el visionado de la cinta. La película es mala, pero tiene alma, algo de lo que no puede presumir el 90 % de la filmografía de directores como Michael Bay (“Pearl Harbour”).

Bela estaba, de nuevo, ilusionado. Todo lo frustante que le resultó “The Black sleep” (1956, su última película de estudio), en cambio le divirtió su participación en estas cintas. La amistad de Wood dio paz a un viejo atormentado. Lugosi, además, se volvió a casar, esta vez con Hope Linniger, y preparaba nuevos proyectos con Ed Wood, como “The Ghoul Goes West”, “The Phantom Ghoul” y “Dr. Acula” (nótese el juego de palabras del título). Comenzó a rodar con Ed “Plan 9 from outer space”, que contiene otra escena memorable, aquella en la que Bela, dando vida a un anciano viudo, hace una interpretación muy contenida y realmente brillante, sin palabras, transmitiendo su desgracia y su dolor interno mientras huele una flor de su jardín, minutos antes de morir.

Entonces, el 16 de agosto de 1956, Bela Lugosi falleció. Fue enterrado con su capa de Drácula, recuerdo de su momento de esplendor. A su entierro acudieron unas pocas personas, entre ellas, su familia y sus compañeros de profesión. Su viejo rival Boris Karloff estuvo entre los presentes. Afectuosamente, pronunció unas palabras.

Poco después, antes de acabar la década de los 50, se popularizan completamente a escala nacional, estadounidense e internacional, las emisiones de televisión, que ya existían años antes. Se reponen domésticamente películas como “Drácula” y “Frankenstein”, y vuelven a gozar de gran popularidad. La figura de Lugosi es completamente reivindicada. Consigue una legión de seguidores. El género de terror, casi muerto, resucita. En Inglaterra, Hammer Films, la productora a la que Bela ayudó a consolidarse, estrena “Horror of Dracula”, con Peter Cushing y Christopher Lee (el cual, en honor de Lugosi, cuando interpretaba al conde llevaba un anillo que había pertenecido a Bela). La popularidad de Drácula se dispara, los ojos del público se vuelven de nuevo hacia Bela Lugosi. Roger Corman y Vincent Price homenajean a los viejos clásicos. El terror está en completa efervescencia. Lugosi, de actualidad. Stan Lee le hace en algunos de los comics que escribe, pequeñas menciones y homenajes. El cine de terror ha vuelto para quedarse, en los años 60, 70 y 80, hasta nuestros días. Y Bela Lugosi, de haber vivido unos pocos años más, lo habría visto con sus propios ojos.

La herencia fílmica de Lugosi abarca además tres homenajes póstumos:

La película “El corazón delator” (2005) recoge la narración de Lugosi, en su época de inmigrante, del inmortal relato de Poe, y la convierte en un corto de animación. Resulta un homenaje mayúsculo.

Por su parte, “Pickfair 5619 Hollywood”, proyectada en Sitges 2006, y dirigida por el valenciano Santiago Struch, es una excelente reflexión sobre Bela Lugosi y su inmortalidad cinematográfica, una película fascinante, profunda y evocadora.

Pero si hay un homenaje por excelencia a Lugosi, es el dispensado en la película “Ed Wood”, dirigida por el genial Tim Burton (gran fan de Vincent Price y Lugosi), cuyas películas se cuentan por clásicos modernos, y protagonizada por Johnny Depp y Martin Landau (como Lugosi), todo un viaje conmovedor y respetuoso a los últimos días del mito, a su decadencia. Película multigalardonada, le supuso un Oscar a Landau por su papel de Lugosi en sus últimos días, trágico y lastimoso, realmente magnífico.Por cierto, y en referencia al viejo conflicto Lugosi-Karloff, debe decirse, que como el Cid, Bela ganó batallas (y la guerra) después de muerto, y a día de hoy es más popular que Boris Karloff, siendo una figura muy reivindicada. Artistas tan dispares como el genial Tim Burton, y el rockero y director Rob Zombie se confiesan fans suyos.
Incluso Universal, al editar en DVD las colaboraciones de Bela y Boris en el cine, lo llamó “Pack Bela Lugosi”, compensando así los desplantes que tuvo que sufrir Bela durante años. Como bien dice el epílogo de la cinta de Burton, “Ed Wood”: “El legado económico de Lugosi supera hoy día al de Karloff”. A nivel crítico estarían como mínimo a la par. Irónicamente, Bela ganó como siempre, a título póstumo.

La vida de Lugosi, recapitulando, se entrelaza con la consolidación del género de terror, pues Lugosi protagonizó su primer éxito de taquilla (“Drácula”), y la primera franquicia así entendida de la historia del género en los Estados Unidos, además, apareció en la primera película de zombis (“La legión de los hombres sin alma”), y junto a él, Boris Karloff, Vincent Price y la mítica Hammer Films, dieron sus primeros pasos. Incluso llegó a interpretar al primer psicópata de la historia del cine que triunfa en sus propósitos (el de “Phantom ship). Sería imposible entender el género de terror sin Lugosi y sin su conde Drácula, el inmortal al que Lugosi debe que su fama sea imperecedera y que su sombra se extienda a las nuevas generaciones. Dijo Bela Lugosi antes de morir: “Soy el conde Drácula, el rey de los vampiros, soy inmortal”. No era un delirio, sino la comprensión al fin, en un destello de lucidez, de que toda su amargura, todo su sufrimiento y dedicación habían servido para algo. Habían generado un inolvidable legado. Es más, bien podríamos decir que mientras que Béla Ferenc Dezso Blaskó murió en 1956, Bela Lugosi (y su Conde Drácula) vivirán para siempre.

Por: Javier Bort Estrada

Web: Aullidos

4 Comments so far

  1. Sofía on Noviembre 28th, 2008

    Que bueno che!! Muy completo e interesante, la mejor biografía de Lugosi que he leído hasta ahora! “Bela Lugosi (y su Conde Drácula) vivirán para siempre” Brindo por eso!

  2. Javier Bort Estrada on Enero 9th, 2009

    Buen trabajo recopilándolo aquí, para que todo el mundo pueda leer sobre Bela, pero quisiera comentar que ese “Por Nestor O.” del principio induce a engaño, aunque luego se indique al final la autoría correcta, de Javier Bort Estrada.

  3. eduardo on Noviembre 28th, 2009

    La reivinciación intelectualoide de Lugosi es falsa.

    Era un actor sdbreactuado, que actuab en cine como en el teatro de comienzos del siglo XX.

    Se que´dó en el tiempo, y por eso el público lo rechazó.

    En las películas con Karloff, que es ahora injustamente menospreciado por muchos eudo críticos, Karloff le da paseo interpretivo.

    Karloff era un aristócrata, un hombre amable, sencillo, y que siempre estudiaba para mejorar.

    Lugosi era soberbio, poco querible, y ser creía el mejor, sin demostrarlo.

    Su momento de gloria fue Drácula (es y será el MEJOR Drácula de todos), el resto es una risa.

    Uno lee estas crónicas diciendo que los 4 segundos que Bela aparece en tal o cual película son una maravilla, y son un esperpento de un actor postizo, rígido, de esos que odiaba Marlon Brando o Charles Laughton.

    Karloff incusrionó muy bien en la comedia, y hasta el fin de su vida, fue una estrella, y con sobradas razones.
    Si hoy estuvieran vivos Karloff seguiria tenienod mas trabajo, por versatilidad y por ser mas un actor de stos tiempos, en cambio Lugosi con su registro tan infimo tendria papeles en films clase C, como le ocurrio en vida, porque no daba para más, pese a su soberbia.

    Y los que lo alaban desde la distancia, hoy lo crucificarían y hasta se buralarían, como lo hicieron los criticos de 1940.

    Una vida trágica de un hombre que no supo amoldarse a los tiempos, debido sobre todo a su insufrible soberbia.

  4. Pedro on Diciembre 22nd, 2012

    Lugosi era un genio, el artículo es muy bueno, y el tal eduardo que ha escrito el tercer comentario no tiene ni puñetera idea de cine.

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